sábado, 15 de octubre de 2016

Gramática para escritores III. El número


Nociones generales para la formación del plural

El número es menos caprichoso que el género. En el número se ve más viable que el plural de la gramática coincida con el plural de los individuos y los objetos. Más fácil, sí, pero tampoco coincide siempre.

No todas las palabras tienen singular y plural diferenciados morfológicamente. Decimos la crisis y las crisis, la tesis y las tesis, el virus y los virus… Y algunos vocablos que morfológicamente coinciden con el plural pueden designar cosas en singular (gafas, barbas, tijeras, pantalones, bragas, calzoncillos), lo mismo que algunas palabras en singular designan muchos individuos o cosas (tropa, arboleda, grupo, equipo, alumnado, dúo, trío, cuarteto…).

La variación de número en sustantivos y adjetivos se consigue generalmente mediante la adición de una –s a la palabra primitiva. Así sucede siempre que la palabra-base termina en vocal no acentuada (vocal átona). Por ejemplo, de pluma formamos plumas.


Pero en ocasiones se hace necesario agregar algo más, porque cuando la vocal última sí está acentuada pueden ocurrir dos cosas. O bien que se añada simplemente una –s como antes (café/cafés). O bien que necesitemos también una vocal, lo cual pasa en muy poquitas palabras terminadas en -a acentuada, como faralá (que hace su plural en faralaes) o albalá (albalaes), o en -o (los yoes, plural de el yo); pero sucede en muchas que acaban en –í, entre ellas algunos gentilicios: ceutí/ceutíes, marroquí/marroquíes, jabalí/jabalíes. Claro que, para terminar de liarla, algunas palabras se rebelan y se saltan esta norma general: esquís, pirulís, maniquís… Aunque esto sucede más cuando se trata de vocablos que proceden de otra lengua (como pasa con esquí y maniquí) o son de reciente incorporación (pirulí no parece tener origen conocido, y entra en el diccionario en 1970 —muchos años después de haber entrado dulcemente en nuestras bocas infantiles—, pero, en cualquier caso, muy poco tiempo atrás en términos lexicográficos —quizá cuando madure se diga ya «pirulíes», ¡quién sabe!—).

¿Y qué ocurre cuando una palabra termina en consonante? Pues en ese caso también necesitamos una vocal de ayuda. Así, abad forma su plural en abades, porque el genio del idioma español no permitiría una palabra como «abads». Por tanto, cuando la palabra primitiva acaba en consonante, casi siempre hay que añadirle una e además de la s: árbol/árboles, reloj/relojes, marqués/marqueses. En español es imposible «árbols», o «relojs» o «marquéss».

¿Y si la última letra es la –y, esa letra que tiene doble militancia como vocal fonética y como consonante gráfica? Pues también hay soluciones contradictorias. Porque decimos bueyes (buey) pero no «jerseyes» (jersey) sino jerséis; y leyes (ley), pero no «guirigayes» sino guirigáis. Nuevamente, la norma se arraiga en las palabras patrimoniales y duda con las nuevas.

El singular siempre resulta más preciso que el plural. Si decimos la corbata, sabemos que se trata de una. Si decimos las corbatas, ignoramos cuántas. Para eso necesitamos los numerales —¡y los tenemos!, ya los veremos—.

Ahora bien, el singular puede hacer las veces de plural, como hemos visto (el leño/la leña). Así, decimos, por ejemplo, el arma de artillería, para referirnos a todas las armas de ese cuerpo militar en su conjunto; o el canto del gallo y el gallo canta al alba, cuando pensamos en ese montón de pesados que nos despiertan por la mañana con su kikirikí; o la trucha no se da bien en este río, cuando nos referimos a esos peces en plural —pues si solo hubiera una se daría mucho peor, sin duda—.

En resumen: el número es un accidente más, igual que el género, y como tal accidente, a veces coincide con una pluralidad de objetos cuando es plural y a veces no. Por tanto, hay singulares que significan plural, y plurales que significan singular, pero no es lo regular —te recomiendo que consultes cualquier libro de gramática si tienes interés en saber cómo se forma el plural con exactitud—.

Y todo esto pasa con los sustantivos y con los adjetivos, que se parecen tanto —aun siendo diferentes— y tienden a confundirse entre sí.

El plural de los compuestos

En general, los compuestos siguen la regla básica de formación del plural: adición de -s o -es, según la terminación de la palabra. Así, si el compuesto se siente como una sola palabra, este tiene un plural regular que se aplica al segundo elemento del compuesto: malentendido/malentendidos, bocacalle/bocacalles. No obstante, la palabra se mantiene invariable si el compuesto acaba en -s: lavaplatos, sacacorchos. Existen, además, compuestos que alternan una forma plural y otra singular sin que medie diferencia de significado, aunque la forma plural suele ser más frecuente: guardabosque/guardabosques, marcapaso/marcapasos, pararrayo/pararrayos, pasapuré/pasapurés. Por otro lado, cuando el compuesto es sintagmático (es decir, cuando las palabras que lo forman no se han unido en una sola palabra) se admite la pluralización de ambas palabras: mal humor/ malos humores. Hay, no obstante, ciertas peculiaridades.

Así, a veces alterna en su uso en plural una forma compuesta que constituye una sola palabra con su variante formada por la separación gráfica de ambos compuestos. En estos casos, se admiten las dos posibilidades de formación de plural, aunque la forma preferida es la que evita la separación gráfica: arcoíris o arcos iris; caraduras o caras duras; Nochebuenas o Noches Buenas; padrenuestros o padres nuestros, medioambientes o medios ambientes; guardiaciviles o guardias civiles —atención a esto: para referirnos a los agentes podemos escribir guardia civil o guardiacivil, pero para hacer referencia al cuerpo de seguridad se utiliza la grafía en dos palabras Guardia Civil—. Asimismo, la regla de pluralización del segundo elemento del compuesto sirve también para aquellos compuestos formados por dos adjetivos unidos en la escritura por un guion: político-económicos, castellano-leoneses, galaico-portugueses.

El plural de las voces extranjeras

La regla general de formación del plural se aplica a las voces patrimoniales (es decir, a las palabras propiamente españolas —o castellanas, llámalas como prefieras—), pero también a las voces tomadas de otras lenguas que han quedado integradas en nuestra lengua. Los extranjerismos no integrados siguen unas normas de formación del plural ligeramente diferentes. La tendencia más general oscila entre: a) el mantenimiento de la forma singular para el plural; b) el mantenimiento del plural tal y como esté en la lengua extranjera, y c) la adaptación a las normas de creación de plurales del español.