martes, 9 de agosto de 2016

Gramática para escritores I. El sustantivo es mucho sustantivo y el adjetivo es muy adjetivo



Algunas gramáticas estudian por un lado el sustantivo (o nombre) y por otro el adjetivo. Otras gramáticas, sin embargo, los han identificado tanto que llegan al punto de denominar a ambos con la palabra «nombre» («nombre sustantivo» y «nombre adjetivo»).

Entre una y otra opción nos quedamos con la intermedia: mantenemos aquí su denominación diferenciada pero los estudiamos a la vez, ya que el sustantivo y el adjetivo tienen muchas coincidencias que vale la pena examinar a la vez.

El sustantivo es la manera de llamar a algo. Se denomina sustantivo porque se refiere a la sustancia, la idea principal de un pensamiento. Hablamos de sustancia en términos filosóficos, no materiales. Belleza es un sustantivo (La belleza de Lorena me tiene loquita), pero no sabemos muy bien qué sustancia puede albergar. El adjetivo, en cambio, va acompañando al sustantivo para añadir algún aspecto que lo complementa y nos los explica mejor. Un sustantivo se puede convertir en adjetivo, y viceversa. Por ejemplo: Dame una naranja (naranja = sustantivo); Tengo una camisa naranja (naranja = adjetivo); Dime tu número de teléfono móvil (móvil = adjetivo); Dime tu número de móvil (móvil = sustantivo). Puestos a convertir, incluso un verbo puede cumplir el papel de sustantivo: Correr resulta bueno para la salud. Porque aquí el verbo de la frase es resulta, mientras que correr refleja una idea, una sustancia espiritual, y por eso es un sustantivo. Para que quede más claro el ejemplo anterior, correr equivale a carrera: La carrera resulta buena para la salud, en este ejemplo no cabe duda de que es un sustantivo.

Desembrollemos: ¿Cómo podemos saber que un verbo se ha convertido en sustantivo? Muy fácil: si admite que le pongamos un artículo delante (El correr resulta bueno para la salud). ¿Cómo podemos diferenciar un sustantivo de un adjetivo? Muy fácil también: un sustantivo puede llevar delante la expresión mucho o muchos. Las demás palabras, no. Podemos decir mucho café, muchas mujeres, pero no «mucho caliente» o «mucho bueno». ¿Y cómo diferenciamos un adjetivo de un sustantivo? Muy fácil también: porque en vez de mucho, al adjetivo tenemos que juntarle muy. No diremos nunca «Es mucho veloz», sino Es muy veloz. Los nombres van con mucho y los adjetivos con muy.

Al hilo del desembrollo, como ya hemos dicho, si alguna vez empleamos muy delante de un sustantivo, lo convertimos automáticamente en un adjetivo: Tu amigo es muy amigo mío. Ahora bien, el sustantivo se toma la venganza por su cuenta, y también puede convertirse en adjetivo. Sin embargo, los adjetivos tienen más facilidad para convertirse en sustantivos que los sustantivos en adjetivos. El sustantivo se topará siempre con una limitación: carece de plural si va pegado a un sustantivo: competencias clave —muy de moda este concepto hoy día en el ámbito educativo—. Competencia es un sustantivo y clave también lo es, de modo que aunque el primer sustantivo esté en plural, el segundo sustantivo, el que hemos adjetivado,  mantiene el singular. Los adjetivos han conseguido que el genio del idioma les cargue con ese impuesto si desean suplantarlos. Hemos de quitar la -s final a todo sustantivo en posición de adjetivo con un sustantivo plural. Podemos reunir sustantivos y adjetivos así: hombres nadadores, ciudades próximas, mujeres importantes… Concuerdan en género y número. Pero si usamos sustantivos en función de adjetivo no tenemos más remedio que pagar el impuesto y decir hombres rana, ciudades dormitorio, mujeres clave, coches bomba, jugadores estrella… Sin embargo —si no hay un adversativa en la lengua no nos quedamos a gusto—, son numerosos los casos en los que el segundo sustantivo puede usarse con valor adjetival ahorrándose el impuesto de tener que suprimir la s de plural, por lo que caben alternancias como aviones espía – aviones espías; buques fantasma – buques fantasmas; discos pirata – discos piratas; empresas líder – empresas líderes; momentos clave – momentos claves; países satélite – países satélites; programas piloto – programas pilotos; situaciones límite – situaciones límites. También con los sustantivos de color es frecuente la doble categorización del segundo segmento: como adjetivo (camisas rosas, faldas malvas, tonos violetas) o como sustantivo (camisas rosa, faldas malva, tonos violeta). Asimismo, cuando un adjetivo de color lleva un sustantivo modificador, tanto el adjetivo como el sustantivo permanecen invariables en plural: tonos verdes, pero tonos verde botella; ojos negros, pero ojos negro carbón. Y también, cuando un adjetivo aparece modificado por otro adjetivo, ambos permanecen invariables en plural: camisas azules, pero camisas azul celeste; pantalones azules, pero pantalones azul celeste.

Qué lío lo de sustantivo + sustantivo adjetivado, ¿no? Pues sí, y no solo es un lío, sino que los hablantes de español escribimos y hablamos con cierta divagación por la confusión. Yo recomiendo que, para subsanar esto, cada uno elija cómo quiere hacerlo, es decir, que cada uno decida si quiere poner s o no al segundo sustantivo cuando está en posición del adjetivo; ahora bien, si en un texto decides ponerle s, pónsela siempre. No debemos tomarnos la ambigüedad de la lengua como un defecto, sino como una manera de ser libres. Y la libertad, en cualquier ámbito de la vida, siempre es un gustazo.

Sigamos un poquito más… Mientras que los sustantivos nombran las cosas, los adjetivos explican cómo son las cosas que nombramos; es decir, expresan peculiaridades del sustantivo al que acompañan, lo reducen, lo precisan, lo concretan o lo expanden. Con ellos podemos enriquecer o empobrecer un texto. Antón Chéjov (médico, escritor y dramaturgo ruso, 1860-1904) recomienda evitar la adjetivación vaga e imprecisa.

Al corregir tus textos, no tengas reparo en tachar sustantivos y adjetivos. Usar muchos sustantivos y adjetivos impide que el lector pueda concentrarse y se cansa pronto. Si yo digo: «El hombre se sentó sobre el césped», lo entenderás de inmediato. Lo entenderás porque es claro y no pide un gran esfuerzo de atención. Por el contrario, si escribo «Un hombre alto, de barba roja, torso estrecho y mediana estatura, se sentó sobre el césped, pisoteado ya por los caminantes; se sentó en silencio, con cierto temor y tímidamente miró a su alrededor», no será fácil entenderme, se hará difícil para la mente, será imposible captar el sentido inmediato. Y una escritura bien logrado debería ser captada inmediatamente, en un segundo.

El adjetivo puede aparecer pospuesto y antepuesto, y destaca las características más relevantes de los objetos a los que se refiere. Siempre concuerda en género y número con el sustantivo al que acompaña, tanto si va delante como si va detrás. Según el sustantivo al que acompañe y el contexto en el que esté incluido, el mismo adjetivo puede pertenecer a diferentes clases y desempeñar funciones distintas:

a) Calificativos. Señalan una cualidad del sustantivo. En general, aportan un contenido semántico nuevo y pueden suscitar emoción: Hace un día espléndido. Grosso modo, existen dos tipos de adjetivos calificativos: especificativo (o determinativo), que define al sustantivo en el contexto, lo distingue del resto (No me gustan los chicos presumidos); explicativo (o epíteto), que señalan una cualidad evidente, obvia a veces, propia del sustantivo al que se refiere (Los verdes prados) y suele ir antepuesto al sustantivo, o simplemente explica una cualidad, sin especificar (Mi amigo es muy presumido). El epíteto puede enriquecer o empobrecer un texto. Normalmente, lo enriquece en poesía, donde se suele emplear en el contexto de exaltación amorosa, como en este verso de los Sonetos de Fernando de Herrera (escritor sevillano, conocido especialmente por su obra poética, 1534-1597): «tu ardiente fuego y frío hielo…». El adjetivo frío indica una cualidad propia del hielo (el hielo siempre es frío), pero colocado delante del sustantivo lo realza. No obstante, conviene tener en cuenta que este uso romántico se ha convertido en un tópico, ya está gastado, y empobrece como información directa. En otros casos, lo significado por el adjetivo no se contiene en la realidad designada por el sustantivo: su esbelta figura. Se diferencian de los especificativos en que no delimitan su significado, sino que son descriptivos. Los adjetivos explicativos también pueden ir después del sustantivo: su figura esbelta. Si el adjetivo pospuesto al sustantivo va entre comas, también es explicativo: El chico simpático (no otro) se acercó a mí (especificativo, porque define al sustantivo); El chico, simpático, se acercó a mí (se explica que el chico es simpático, se describe una característica del chico).

b) Gentilicios. Indican el lugar de origen de una persona, un animal o un objeto: vino riojano.

La posición del adjetivo otorga matices de significado. Si el adjetivo tiene escaso contenido informativo, se suele escribir antes que el sustantivo (buen tiro); si el adjetivo tiene mayor grado de información, se pospone (frío polar) y así se consigue mayor énfasis. El adjetivo antepuesto indica un carácter subjetivo, ya sea moral o estético, y el pospuesto un carácter objetivo de tipo lógico. En este sentido, es conocido el juego entre hombre pobre, en que la pobreza significa ‘miseria económica’, y pobre hombre, en que significa ‘bajeza moral o psicológica’. Así, la colocación del adjetivo puede determinar la atmósfera en un relato: antes del sustantivo, evoca y es afectivo; después del sustantivo, marca y define.

Los adjetivos son constructores de imágenes. Un ejemplo: un adjetivo simbólico puede ser blanco unido a silencio = blanco silencio, que simboliza muerte y da como resultado una imagen. Otros ejemplos: pálido escalofrío, casa somnolienta, la mañana era ágil, fuego ruidoso… Estos adjetivos son a la vez subjetivos y metafóricos, rompen clichés y ofrecen maneras distintas de describir o de narrar, y otorgan una cualidad particular al sustantivo. Pero, como ya hemos dicho anteriormente, la meta del escritor debe ser evitar las gastadas por el uso y crear las propias. Se debe evitar la adjetivación fácil. En cambio debemos rescatar el adjetivo que cuenta. El adjetivo permite romper los clichés literarios establecidos, pero debemos evitar forzar una imagen con adjetivos subjetivos que adornen el texto en lugar de aportar algo más o condensar una idea.

Las palabras del lenguaje diario: caliente, frío, gordo, delgado, bueno, malo, etc., no aportan demasiado. Si escribimos El día estaba frío, el lector no percibe el frío. Para que lo perciba, habrá que crear una imagen significativa o mostrar al personaje tiritando, pero esta ya es una tarea de los verbos.

Así pues, procuremos seleccionar con cuidado los sustantivos y los adjetivos que matizan el conjunto, y no caigamos en usar el adjetivo como adorno del sustantivo. Evitemos los tópicos, los clichés expresivos, los adjetivos gastados por el uso, como cueva encalada, negro azabache, luna gitana, eterna sonrisa, etc. No recurramos al adjetivo con fines fonéticos para armonizar el sonido del poema, para contabilizar las sílabas necesarias, o para dotar la prosa de cierta musicalidad.