sábado, 21 de octubre de 2017

Los secretos de las casas viejas



«Me gustan las casas viejas porque están llenas de secretos que solamente conocen sus habitantes.
Me gustan las puertas que deben levantarse unos milímetros para que la cerradura funcione y me gustan los movimientos precisos que hay que hacer para abrirlas sin ruido.
Me gusta saber cuál es la baldosa floja del patio, la que no hay que pisar cuando llueve, porque salpica y embarra las zapatillas.
Me gustan las perillas de las cocinas que deben girarse hasta cierto punto, para evitar que se les salga el resorte.
Me gustan las ventanas que pueden abrirse solo hasta la mitad, para que no se zafen las bisagras, y me gustan los botones de inodoro que deben apretarse suavecito para que la mochila no quede perdiendo agua.
A veces, el televisor de mi casa se queda en blanco y negro un rato largo, pero para eso también hay un secreto. Roberto nos enseñó a pegarle bien, a darle un par de golpes cerca de la antena, para que le vuelvan los colores.
Hace unos días, Roberto abrió el cajón de mi mesita de luz (hay que agarrarlo de abajo, levantar con fuerza y tirar, porque se traba) y encontró la carta que me escribió Nahuel antes de irse a Bariloche.
Como no te puedo llevar en el bolso, te llevo en el corazón, había escrito. Nahuel era el chico más lindo de la escuela. De todas las escuelas.
Me acuerdo que aquella vez llegué a casa tarde, que Roberto me estaba esperando y que cuando me vio entrar, no dijo una sola palabra.
Primero, fue el puño cerrado. Un puño pesado, hundiéndose en mi estómago como se hunden los pedazos de tierra seca que se desprenden del barranco y caen al río.
Quise preguntar qué pasaba, pero no pude. No me dio tiempo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la carta de Nahuel, obvio, escondida en el cajón. Creo que Roberto habrá pensado que yo era un poco como ese cajón, que le escondía cosas que sólo podía sacarme haciendo fuerza.
Mamá no dijo nada. Qué iba a decir, si Roberto ya la había roto hacía años. Ni siquiera abrió la boca cuando vio que después del puño, vino la manguera, que se me dibujó en el lomo como una víbora de sangre, testigo de carne hirviendo del linchamiento doméstico de un monstruo acusado de enamorarse.
Quise pedirle que pare, pero él no escuchaba. Quise pedirle perdón, pero él seguía pegando y yo no podía decir ninguna palabra porque de entre mis dientes solo salían alaridos, como ratas enormes y grises que corrían desesperadas sobre el piso del comedor.
Mi hermano más grande también estaba ahí. Lo vi, distorsionado por la humedad que se comía mis párpados, y esos brazos anchos y borrosos resucitaron la imagen velada de esas siestas de invierno en que me alzaba para alcanzar el frasco de dulce de leche que después compartíamos con una sola cuchara, mientras Roberto y mamá dormían. Me das asco, decía mi hermano, una y otra vez. ¡Me das asco!, vociferaba, y después él también se animó a pegarme.
Hoy le escribí un mensaje a Nahuel para decirle que seguía enfermo y que no sabía cuándo iba a volver a la escuela. Le dije que lo extraño una bocha y que tenía muchas ganas de escuchar sus anécdotas de Bariloche.
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Todavía tengo marcas en los brazos y me da vergüenza volver a clases. No quiero que Nahuel me vea. No quiero que Nahuel piense que estoy roto y que por eso Roberto me había golpeado tanto.
El padre le pegó mal, le escuché decir a mamá por teléfono ayer a la mañana, cuando llamó la señorita Mónica para preguntar por qué estaba faltando tanto.
El padre le pegó mal, dijo ella, y yo giré en la cama y traté de imaginarme cómo se hace para pegar bien y pensé en el televisor de la sala. Mamá tenía razón: Roberto me habrá pegado mal, muy mal, porque no me volvieron más los colores».

Juan Solá , Épicaurbana, «Los secretos de las casas viejas»

sábado, 30 de septiembre de 2017

Artículos de opinión de EmeCé Bernal



¡Háblame en español, coño!


El otro día, durante el descanso de una intensiva jornada de trabajo, entré en un bar español para almorzar. Insisto, un bar español, donde todos los comensales eran «muy españoles y mucho españoles». Los comensales, casi todos ellos trabajadores en su tiempo de descanso, escuchaban atentos el telediario de la Primera en el que, ¡cómo no!, hablaban de Cataluña: ese lugar pintoresco lleno de catalanes, catalanes de los que «hacen cosas», como le gusta a Rajoy. El caso es que uno de los comensales le gritó de repente al televisor: «¡Háblame en español, coño!». La mayoría del resto de los comensales asintió con la cabeza, como dándole la razón; otros, como yo, ya cansados de vivir en continuo conflicto —o vaya una a saber la razón de cada cual— nos limitamos a seguir mirando nuestros teléfonos móviles. El comensal protagonista, a continuación, le pidió al camarero salsichas con patatas. Me quedé pensando en lo que me habría gustado decirle al español ofuscado: «Oiga, tras la desmembración del Imperio Romano en el siglo v, las provincias quedaron aisladas unas de otras. En cada región, el latín evolucionó de una forma diferente hasta ser hablas tan desiguales que se originaron distintas lenguas, las lenguas romances: el gallego-portugués, el asturiano, el leonés, el castellano, el navarro-aragonés y, adivine cuál, ¡el catalán! ¡Sí, el catalán surgió muuuucho antes que el español! Lo que pasó fue que el castellano, que evolucionó años más tarde hacia el español que usted intenta hablar, se extendió, por cuestiones políticas —¡por qué si no!—, por más territorios que el resto de las lenguas romances. Algunas de estas lenguas romances fueron absorbidas por el castellano, pero otras no, como el catalán. Por último, ya que se muestra usted tan constitucional, deberá saber que en España hay cuatro lenguas oficiales: el español o castellano, el gallego, el vasco y el catalán, mal que le pese». Pero al final me acordé del «Es propio de aquellos con mentes estrechas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza» de Machado. Para ser justa, es probable que una persona que trabaja de sol a sol no tenga tiempo para leer a Machado ni, probablemente tampoco, para pararse a pensar de dónde viene su lengua. Por eso, en lugar de comenzar una discusión que ya sabía perdida, antes de marcharme corriendo, le dejé una nota encima de su mesa que decía: «El catalán no le estaba hablando a usted, y lo que usted está comiendo, en español, se dice salchicha, las dos con ch. ¡Que tenga un buen día!».


EmeCé Bernal, ¡Háblame en español, coño!

domingo, 14 de mayo de 2017

Con vistas a tu interior y al mío


Llevo un tiempo  —mucho o poco, según se mire— valorando la (casi) imprudente idea de mudarnos a un pisito con vistas a tu interior y al mío. Sería tan sencilla la convivencia… Diríamos: ¿Qué te pasa, mi amor? Y tú, o yo, o los dos a la vez: Anda, ve y mira por la ventana. Sí, eso es lo que pienso a veces cuando por más palabras que decimos no alcanzamos a entendernos. Anda, ve y mira por la ventana. Asómate y verás lo fácil que fue enamorarse de tu cuerpo, allí arriba, sobresaliendo entre todos, yo te miraba y tú… tú no sabías que yo existía. Y por eso ahora las farolas me hacen la ola y los coches me guiñan cuando regreso de una noche contigo. Insistí día tras día vigorosamente y me aferré a tus dudas hasta que por fin sucediste. Paradojas de la vida, sucediste sin suceder, estabas sin estar, me amabas sin amarme. Y mientras yo te colmaba de poemas y construía castillos en el aire, tú me tirabas de los pies y taladrabas el asfalto clavándome junto a tus miedos. Fue entonces cuando quise que nos mudásemos a un pisito con vistas a tu interior y al mío, para que pudiésemos mirar por la ventana cuando quisiéramos. Así, sobrarían las palabras, bastaría con mirar cuerpo adentro para que se disiparan todas las dudas. Así, yo ya no olvidaría leer entre líneas tus no pero sí, y tú podrías leer mis me rindo pero no.

EmeCé Bernal, Con vistas a tu interior y al mío

domingo, 2 de abril de 2017

Anaïs Nin


«Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo. La única anormalidad del ser es la incapacidad de amar».

Anaïs Nin