domingo, 14 de enero de 2018

Textos literarios de EmeCé Bernal


Eres magia


Tú no lo sabes, pero haces magia. Tienes magia dentro. La magia viene de serie con todos los niños cuando nacen, y los adultos se empeñan en romperles la varita con la que transmiten ilusión y amor al mundo. Que alguien me diga, si es capaz, que no es magia poder ver una guitarra en una escoba, que no es magia que cueste tan poquito decir te quiero —incluso a los muñecos—, ¡y sintiéndolo de verdad! Tú no lo sabes, pero eres magia y conviertes en mágico todo lo que tocas. No entiendo por qué los adultos se empecinan en que los niños os adaptéis a nuestras absurdas normas, ¡qué sabremos nosotros de la vida! Nosotros, que siempre tenemos prisa; nosotros, que nunca tenemos tiempo; nosotros, que tenemos tantos prejuicios, tantas manías… Tú no lo sabes, pero tus manitas son mágicas, y cuando te agarras a las mías para protegerte de los monstruos, soy yo la que deja de tener miedo, porque tus poderes disipan todo el mal. Tú no lo sabes, pero tu magia me ha enseñado a ver escaleras donde antes veía murallas, a ver pasadizos secretos donde antes veía oscuridad. Tú no lo sabes…, pero eres magia y la vida es mágica desde que tú estás en ella.

EmeCé Bernal, «Eres magia»

sábado, 21 de octubre de 2017

Los secretos de las casas viejas



«Me gustan las casas viejas porque están llenas de secretos que solamente conocen sus habitantes.
Me gustan las puertas que deben levantarse unos milímetros para que la cerradura funcione y me gustan los movimientos precisos que hay que hacer para abrirlas sin ruido.
Me gusta saber cuál es la baldosa floja del patio, la que no hay que pisar cuando llueve, porque salpica y embarra las zapatillas.
Me gustan las perillas de las cocinas que deben girarse hasta cierto punto, para evitar que se les salga el resorte.
Me gustan las ventanas que pueden abrirse solo hasta la mitad, para que no se zafen las bisagras, y me gustan los botones de inodoro que deben apretarse suavecito para que la mochila no quede perdiendo agua.
A veces, el televisor de mi casa se queda en blanco y negro un rato largo, pero para eso también hay un secreto. Roberto nos enseñó a pegarle bien, a darle un par de golpes cerca de la antena, para que le vuelvan los colores.
Hace unos días, Roberto abrió el cajón de mi mesita de luz (hay que agarrarlo de abajo, levantar con fuerza y tirar, porque se traba) y encontró la carta que me escribió Nahuel antes de irse a Bariloche.
Como no te puedo llevar en el bolso, te llevo en el corazón, había escrito. Nahuel era el chico más lindo de la escuela. De todas las escuelas.
Me acuerdo que aquella vez llegué a casa tarde, que Roberto me estaba esperando y que cuando me vio entrar, no dijo una sola palabra.
Primero, fue el puño cerrado. Un puño pesado, hundiéndose en mi estómago como se hunden los pedazos de tierra seca que se desprenden del barranco y caen al río.
Quise preguntar qué pasaba, pero no pude. No me dio tiempo.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue la carta de Nahuel, obvio, escondida en el cajón. Creo que Roberto habrá pensado que yo era un poco como ese cajón, que le escondía cosas que sólo podía sacarme haciendo fuerza.
Mamá no dijo nada. Qué iba a decir, si Roberto ya la había roto hacía años. Ni siquiera abrió la boca cuando vio que después del puño, vino la manguera, que se me dibujó en el lomo como una víbora de sangre, testigo de carne hirviendo del linchamiento doméstico de un monstruo acusado de enamorarse.
Quise pedirle que pare, pero él no escuchaba. Quise pedirle perdón, pero él seguía pegando y yo no podía decir ninguna palabra porque de entre mis dientes solo salían alaridos, como ratas enormes y grises que corrían desesperadas sobre el piso del comedor.
Mi hermano más grande también estaba ahí. Lo vi, distorsionado por la humedad que se comía mis párpados, y esos brazos anchos y borrosos resucitaron la imagen velada de esas siestas de invierno en que me alzaba para alcanzar el frasco de dulce de leche que después compartíamos con una sola cuchara, mientras Roberto y mamá dormían. Me das asco, decía mi hermano, una y otra vez. ¡Me das asco!, vociferaba, y después él también se animó a pegarme.
Hoy le escribí un mensaje a Nahuel para decirle que seguía enfermo y que no sabía cuándo iba a volver a la escuela. Le dije que lo extraño una bocha y que tenía muchas ganas de escuchar sus anécdotas de Bariloche.
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Todavía tengo marcas en los brazos y me da vergüenza volver a clases. No quiero que Nahuel me vea. No quiero que Nahuel piense que estoy roto y que por eso Roberto me había golpeado tanto.
El padre le pegó mal, le escuché decir a mamá por teléfono ayer a la mañana, cuando llamó la señorita Mónica para preguntar por qué estaba faltando tanto.
El padre le pegó mal, dijo ella, y yo giré en la cama y traté de imaginarme cómo se hace para pegar bien y pensé en el televisor de la sala. Mamá tenía razón: Roberto me habrá pegado mal, muy mal, porque no me volvieron más los colores».

Juan Solá , Épicaurbana, «Los secretos de las casas viejas»

sábado, 30 de septiembre de 2017

Artículos de opinión de EmeCé Bernal



¡Háblame en español, coño!


El otro día, durante el descanso de una intensiva jornada de trabajo, entré en un bar español para almorzar. Insisto, un bar español, donde todos los comensales eran «muy españoles y mucho españoles». Los comensales, casi todos ellos trabajadores en su tiempo de descanso, escuchaban atentos el telediario de la Primera en el que, ¡cómo no!, hablaban de Cataluña: ese lugar pintoresco lleno de catalanes, catalanes de los que «hacen cosas», como le gusta a Rajoy. El caso es que uno de los comensales le gritó de repente al televisor: «¡Háblame en español, coño!». La mayoría del resto de los comensales asintió con la cabeza, como dándole la razón; otros, como yo, ya cansados de vivir en continuo conflicto —o vaya una a saber la razón de cada cual— nos limitamos a seguir mirando nuestros teléfonos móviles. El comensal protagonista, a continuación, le pidió al camarero salsichas con patatas. Me quedé pensando en lo que me habría gustado decirle al español ofuscado: «Oiga, tras la desmembración del Imperio Romano en el siglo v, las provincias quedaron aisladas unas de otras. En cada región, el latín evolucionó de una forma diferente hasta ser hablas tan desiguales que se originaron distintas lenguas, las lenguas romances: el gallego-portugués, el asturiano, el leonés, el castellano, el navarro-aragonés y, adivine cuál, ¡el catalán! ¡Sí, el catalán surgió muuuucho antes que el español! Lo que pasó fue que el castellano, que evolucionó años más tarde hacia el español que usted intenta hablar, se extendió, por cuestiones políticas —¡por qué si no!—, por más territorios que el resto de las lenguas romances. Algunas de estas lenguas romances fueron absorbidas por el castellano, pero otras no, como el catalán. Por último, ya que se muestra usted tan constitucional, deberá saber que en España hay cuatro lenguas oficiales: el español o castellano, el gallego, el vasco y el catalán, mal que le pese». Pero al final me acordé del «Es propio de aquellos con mentes estrechas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza» de Machado. Para ser justa, es probable que una persona que trabaja de sol a sol no tenga tiempo para leer a Machado ni, probablemente tampoco, para pararse a pensar de dónde viene su lengua. Por eso, en lugar de comenzar una discusión que ya sabía perdida, antes de marcharme corriendo, le dejé una nota encima de su mesa que decía: «El catalán no le estaba hablando a usted, y lo que usted está comiendo, en español, se dice salchicha, las dos con ch. ¡Que tenga un buen día!».


EmeCé Bernal, ¡Háblame en español, coño!